En los últimos veinticinco años, el turismo en la República Dominicana ha evolucionado de ser un sector en crecimiento a consolidarse como la columna vertebral de la economía nacional. Si bien a finales de la década de 1990 ya se perfilaba como un motor clave, fue a partir del año 2000 cuando la llegada de visitantes internacionales experimentó un despegue exponencial.
Las cifras avalan este éxito: entre 1997 y 2019, el flujo de turistas extranjeros mantuvo un crecimiento promedio anual de entre el 5% y el 7%, mostrando una notable resiliencia ante crisis económicas globales y fenómenos naturales. Tras la pausa obligada por la pandemia, la recuperación ha sido ejemplar, superando los niveles prepandémicos en 2023 y proyectando un 2024 histórico.
El desafío actual ya no es solo cuantitativo, sino cualitativo: diversificar la oferta para reducir la dependencia de los destinos tradicionales y adaptarse a un mercado global que exige experiencias personalizadas, auténticas y sostenibles.
La estrategia conjunta del sector público y privado se ha centrado en el desarrollo de nuevos enclaves capaces de atraer perfiles de viajeros más diversos. Dos proyectos lideran esta visión: Pedernales y Punta Bergantín.
Mientras el país expande sus fronteras turísticas, es imperativo no descuidar los destinos maduros. Estos lugares, cimientos de la historia turística dominicana, requieren una actualización urgente para mantener su competitividad y proteger la marca país.
En el contexto global actual, el ecoturismo emerge como un área de alto potencial. Con viajeros cada vez más conscientes que buscan alinear sus experiencias con la conservación y el bienestar comunitario, República Dominicana tiene la oportunidad de liderar este segmento en el Caribe.
Regiones como Samaná, Jarabacoa y Constanza ya capitalizan su riqueza natural ofreciendo senderismo, observación de aves y turismo de aventura. Este modelo, de menor impacto ambiental pero mayor valor agregado, requiere, no obstante, de regulaciones estrictas. El éxito a largo plazo dependerá de establecer normas claras que protejan los ecosistemas y aseguren que la actividad sea económicamente viable sin sacrificar el patrimonio natural.
El horizonte del turismo dominicano está lleno de oportunidades. El caso de Pedernales es paradigmático: contar con un masterplan ambicioso desde su fase inicial es una ventaja competitiva poco común a nivel global, permitiendo un crecimiento estructurado. Sin embargo, la ejecución es tan importante como la planificación; el éxito de este y otros proyectos dependerá enteramente de la capacidad de gestión gubernamental para implementarlos con eficiencia y transparencia.
Con una estrategia que equilibra la apertura de nuevos destinos, la revitalización de los históricos y un compromiso férreo con la sostenibilidad, República Dominicana tiene todo para seguir liderando el turismo en el Caribe. La clave residirá en una gestión responsable que garantice que los beneficios del turismo permeen verdaderamente en las comunidades locales.